de hierro o de granito, el cual, debidamente mezclado con una buena proporción de ingredientes doctrinales, constituye una variedad sumamente respetable, eficaz y poco amable de la especie clerical.
Había otros también, verdaderos padres santos, cuyas facultades habían sido elaboradas mediante una fatigosa labor entre sus libros, y mediante el pensamiento paciente, y eterizadas, además, por comunicaciones espirituales con el mundo mejor, en el cual la pureza de vida de estos santos personajes casi los había introducido, con sus vestiduras de mortalidad aún adheridas a ellos. Todo lo que les faltaba era el don que descendió sobre los discípulos elegidos en Pentecostés, en lenguas de fuego; simbolizando, al parecer, no el poder de la palabra en lenguas extranjeras y desconocidas, sino el de dirigirse a toda la hermandad humana en el idioma nativo del corazón. A estos padres, por lo demás tan apostólicos, les faltaba la última y más rara constatación del Cielo para su ministerio, la Lengua de Fuego. Habrían buscado en vano —si es que alguna vez hubieran soñado con buscarlo— expresar las más altas verdades a través del más humilde medio de palabras e imágenes familiares. Sus voces descendían, lejanas y confusas, desde las alturas superiores donde habitualmente moraban.
No es improbable que fuera a esta última clase de hombres a la que el señor Dimmesdale, por muchos de los rasgos de su carácter, perteneciera de manera natural. A las altas cumbres de la fe y la santidad habría ascendido, de no haber sido frenada esa tendencia por el peso, fuera cual fuese, de un crimen o una angustia, bajo el cual estaba condenado a tambalearse. ¡Eso lo mantenía postrado, al nivel de los más bajos; a él, el hombre de atributos etéreos, a cuya voz los ángeles bien habrían podido escuchar y responder! Pero era precisamente este peso el que le otorgaba una simpatía tan íntima con la hermandad pecadora de la humanidad; de modo que su