protegida—, sola, y sin esperanza de recuperar su posición, aun cuando no hubiera desdeñado considerarla deseable, arrojó los fragmentos de una cadena rota. La ley del mundo no era ley para su mente. Era una época en la que el intelecto humano, recién emancipado, había abarcado un campo más activo y amplio que en muchos siglos anteriores. Los hombres de espada habían derrocado a nobles y reyes. Hombres más audaces que estos habían derrocado y reorganizado —no en la realidad, sino en la esfera de la teoría, que era su morada más real— todo el sistema de los antiguos prejuicios, a los cuales iba ligado gran parte de los antiguos principios. Hester Prynne se imbuyó de este espíritu. Asumió una libertad de especulación, entonces bastante común al otro lado del Atlántico, pero que nuestros antepasados, de haberla conocido, habrían considerado un crimen más mortífero que el estigmatizado por la letra escarlata. En su solitaria cabaña, junto a la orilla del mar, la visitaban pensamientos tales que no osaban penetrar en ninguna otra vivienda de Nueva Inglaterra; huéspedes sombríos, que habrían sido tan peligrosos como demonios para su anfitriona, de habérseles visto tan solo llamar a su puerta.
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XIII. Otra perspectiva de Hester
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