Pearl
Apenas hemos hablado aún de la criatura; ese pequeño ser cuya vida inocente había brotado, por el inescrutable decreto de la Providencia, como una flor hermosa e inmortal, de la frondosidad viciosa de una pasión culpable.
¡Qué extraño le parecía a aquella mujer apesadumbrada, mientras observaba el crecimiento y la belleza que se hacían cada día más deslumbrantes, y la inteligencia que arrojaba su sol parpadeante sobre los diminutos rasgos de esta criatura!
¡Su Perla!—Pues así la había llamado Hester; no como un nombre expresivo de su aspecto, el cual no tenía nada del brillo calmado, blanco e impasible que indicaría tal comparación. ¡Sino que llamó a la criatura «Perla» por ser de gran precio—comprada con todo lo que tenía—, el único tesoro de su madre!
¡Qué extraña, en verdad!
El hombre había señalado el pecado de aquella mujer con una letra escarlata, la cual poseía una eficacia tan potente y nefasta que ninguna simpatía humana podía alcanzarla, a menos que fuera pecadora como ella misma.
¡Dios, como consecuencia directa del pecado que el hombre castigaba de este modo, le había dado una niña encant cuyo lugar era aquel mismo pecho deshonrado, para unir para siempre a su progenitora con la raza y la descendencia de los mortales, y para ser finalmente un alma bendita en el cielo!