Tomó la mano de su madre entre las suyas y la miró a los ojos con una seriedad que rara vez se veía en su carácter silvestre y caprichoso. A Hester le sobrevino el pensamiento de que la niña tal vez estuviera intentando acercarse a ella con infantil confianza, haciendo cuanto podía y con la mayor inteligencia de que era capaz para establecer un punto de encuentro y simpatía. Mostraba a Pearl en una faceta inusual. Hasta entonces, la madre, aun amando a su hijo con la intensidad de un afecto único, se había educado para esperar poco más retribución que la veleidad de una brisa de abril; que gasta su tiempo en juegos aéreos, y tiene sus ráfagas de pasión inexplicable, y es petulante en sus mejores estados de ánimo, y enfría más a menudo de lo que acaricia cuando se la lleva al pecho; en retribución de cuyos desafueros, a veces, por su propio y vago propósito, besará tu mejilla con una especie de dudosa ternura, y jugará suavemente con tu cabello, y luego se irá a sus otros asuntos ociosos, dejando en tu corazón un ensueño de placer. Y esto, además, era la estimación que una madre tenía de la disposición de la niña. Cualquier otro observador apenas habría visto más que rasgos poco amables y les habría dado un tinte mucho más oscuro. Pero ahora la idea acudió con fuerza a la mente de Hester de que Pearl, con su notable precocidad y agudeza, tal vez hubiera alcanzado ya la edad en que se la podía convertir en una amiga y confiarle tantos pesares de su madre como pudieran revelarse sin irreverencia ni hacia el progenitor ni hacia la hija. En el pequeño caos del carácter de Pearl se podían ver emerger —y se habría podido desde el principio— los firmes principios de un valor inquebrantable, una voluntad ingobernable, un orgullo recio que podría disciplinarse hasta convertirse en respeto propio, y un amargo desdén por muchas cosas que, al ser examinadas, tal vez resultaran estar contaminadas de falsedad. Poseía también afectos, aunque hasta entonces acre y desagradables, como los sabores más ricos de la fruta verde. Con todos estos atributos de ley, pensaba Hester, el mal que había heredado de su madre debía de ser verdaderamente grande para que de esta niña duendecillo no llegara a surgir una mujer noble.
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XV. Hester y Pearl
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