Esta vieja ciudad de Salem —mi lugar natal, aunque he vivido mucho tiempo fuera de ella, tanto en la niñez como en años más maduros— posee, o poseía, un arraigo en mis afectos cuya fuerza nunca he llegado a comprender del todo durante mis temporadas de residencia efectiva aquí.
En verdad, por lo que hace a su aspecto físico, con su superficie plana y monótona, cubierta principalmente de casas de madera, ninguna de las cuales —o muy pocas— aspira a la belleza arquitectónica; su irregularidad, que no es pintoresca ni pintoresquista, sino simplemente sosa; su calle larga y perezosa, que serpentea aburridamente a lo largo de toda la península, con Gallows Hill y New Guinea en un extremo, y una vista del asilo de pobres en el otro; siendo tales los rasgos de mi ciudad natal, sería tanto como abrigar un apego sentimental hacia un tablero de damas desordenado.
Y sin embargo, aunque invariablemente más feliz en cualquier otra parte, hay en mí un sentimiento hacia la vieja Salem que, a falta de una expresión mejor, debo conformarme con llamar afecto.
Este sentimiento se debe probablemente a las profundas y añejas raíces que mi familia ha hincado en la tierra. Ya han transcurrido casi dos siglos y cuarto desde que el británico original, el primer emigrante de mi apellido, hizo su aparición en aquel asentamiento agreste y rodeado de bosques que desde entonces se ha convertido en ciudad.
Y aquí sus descendientes han nacido y han muerto, y han mezclado su sustancia terrenal con el suelo; hasta que una buena parte de este ha de estar necesariamente emparentada con el armazón mortal con el que, durante un breve tiempo, recorro las calles.
En parte, por tanto, el apego de que hablo no es sino la mera simpatía sensorial del polvo por el polvo. Pocos de mis compatriotas pueden saber lo que es; ni, dado que el trasplante frecuente es tal vez mejor para el linaje, tienen por qué considerarlo deseable.