Siempre que Perla veía algo que despertaba su curiosidad, siempre activa y errante, volaba hacia allí y, por decirlo así, se adueñaba de aquel hombre o de aquella cosa como si fuera de su propiedad, en la medida en que lo deseaba; pero sin ceder ni un ápice de control sobre sus propios movimientos a cambio. Los puritanos observaban y, si llegaban a sonreír, no por ello estaban menos dispuestos a declarar que la niña era un engendro demoníaco, debido al indescriptible encanto de belleza y excentricidad que irradiaba su pequeña figura y centelleaba con su agilidad. Corrió a mirarle la cara al indio salvaje, y este cobró conciencia de una naturaleza más montaraz que la suya. Luego, con nativa audacia, pero con una reserva no menos característica, volaba en medio de un grupo de marineros —aquellos hombres rudos y de mejillas curtidas del océano, así como los indios lo eran de la tierra—, y estos contemplaban a Perla con asombro y admiración, como si un copo de espuma de mar hubiera cobrado la forma de una doncella y estuviera dotado del alma del fuego marino que centellea bajo la proa en la noche.
One of these seafaring men—the shipmaster, indeed, who had spoken to Hester Prynne—was so smitten with Pearl’s aspect, that he attempted to lay hands upon her, with purpose to snatch a kiss. Finding it as impossible to touch her as to catch a hummingbird in the air, he took from his hat the gold chain that was twisted about it, and threw it to the child. Pearl immediately twined it around her neck and waist, with such happy skill, that, once seen there, it became a part of her, and it was difficult to imagine her without it.
—Tu madre es aquella mujer de la letra escarlata —dijo el marino—. ¿Le llevarás un recado mío?
—Si el mensaje me agrada, lo haré —respondió Pearl.