—Os aseguro, señora —respondió el clérigo con una grave reverencia, tal como el rango de la dama exigía y su propia buena educación tornaba imperativa—, ¡os aseguro, por mi conciencia y mi honor, que me encuentro completamente perplejo en cuanto al sentido de vuestras palabras! No fui al bosque a buscar a ningún potentado; ni tengo tampoco, en ningún tiempo futuro, el propósito de visitarlo con el fin de ganarme el favor de semejante personaje. ¡Mi único y suficiente objetivo era saludar a aquel piadoso amigo mío, el apóstol Eliot, y regocijarme con él por las muchas almas preciosas que ha ganado para el paganismo!
—¡Ja, ja, ja! —carcajeó la vieja bruja, sin dejar de inclinar su alto tocado hacia el ministro—. ¡Bien, bien, es preciso que hablemos así a la luz del día! ¡Te las arreglas como todo un veterano! ¡Pero a medianoche, y en el bosque, tendremos otra charla!
Ella pasó con su añeja prestancia, volviendo la cabeza a menudo y sonriéndole, como alguien dispuesta a reconocer una secreta intimidad de conexión.
—«¿Me habré vendido entonces —pensó el ministro— al demonio a quien, si los hombres dicen la verdad, esta vieja almidonada de amarillo y ataviada de terciopelo ha elegido por príncipe y señor!»
¡El infeliz ministro! ¡Había hecho un trato muy parecido! Tentado por un sueño de felicidad, se había entregado, por deliberada elección, como nunca antes lo había hecho, a lo que sabía que era un pecado mortal.