por aquel elevado tono de elocuencia que aún reverberaba en sus oídos. Cada uno sintió el impulso en su interior y, en el mismo aliento, lo contagió de su prójimo. Dentro de la iglesia apenas se había podido contener; bajo el cielo, resonó hacia el cenit. Había seres humanos suficientes, y suficiente sentimiento exaltado y sinfónico, para producir ese sonido más impresionante que los tonos de órgano del viento, o el trueno, o el rugido del mar; incluso ese poderoso oleaje de muchas voces fundidas en una sola gran voz por el impulso universal que asimismo hace un solo y vasto corazón de los muchos. ¡Jamás, desde el suelo de Nueva Inglaterra, se había elevado semejante grito! ¡Jamás, en suelo de Nueva Inglaterra, había estado un hombre tan honrado por sus hermanos mortales como el predicador!
¿Cómo le fue entonces? ¿No había acaso brillantes partículas de un halo en el aire alrededor de su cabeza? Tan eterizado por el espíritu como estaba, y tan apoteosizado por sus admiradores devotos, ¿sus pasos, en la procesión, pisaban realmente el polvo de la tierra?