más tenue fantasía de una madre—, me parece que aún habría podido dirigir una mirada compasiva hacia su hijo! Y ahora, a través de la estancia que estos pensamientos espectrales habían vuelto tan espantosa, se deslizaba Hester Prynne, llevando de la mano a la pequeña Pearl, con su atuendo escarlata, y señalando con el dedo índice, primero la letra escarlata en su pecho, y luego el propio pecho del clérigo.
Ninguna de estas visiones llegó a engañarlo por completo. En cualquier momento, mediante un esfuerzo de su voluntad, podía discernir las sustancias a través de su nebulosa falta de sustancia, y convencerse de que no eran sólidas por naturaleza, como aquella mesa de roble tallado, o aquel gran volumen de teología de forma cuadrada, encuadernado en cuero y con broches de bronce. Pero, a pesar de todo, eran, en cierto sentido, las cosas más verdaderas y sustanciales con las que el pobre ministro trataba ahora. Es la indescriptible miseria de una vida tan falsa como la suya, el hecho de robarle la esencia y la sustancia a cuantas