corazón del viejo bosque de donde manaba, o reflejara sus revelaciones en la superficie lisa de una poza. Continuamente, en verdad, a medida que avanzaba sigiloso, el arroyuelo mantenía un balbuceo, amable, tranquilo, reconfortante, pero melancólico, como la voz de un niño pequeño que estuviera pasando su infancia sin alegría, y no supiera cómo mostrarse jovial entre conocidos tristes y acontecimientos
—¡Oh, arroyo! ¡Oh, arroyo necio y pesado! —exclamó Pearl, después de escuchar un rato su murmullo—. ¿Por qué estás tan triste? ¡Ánimo, y no estés todo el tiempo suspirando y murmurando!
Pero el arroyo, en el transcurso de su corta existencia entre los árboles del bosque, había vivido una experiencia tan solemnemente grave que no podía dejar de hablar de ella, y parecía no tener otra cosa que decir.
- Pearl se parecía al arroyo, en cuanto que la corriente de su vida brotaba de un manantial igualmente misterioso y había discurrido por parajes ensombrecidos con la misma pesadumbre.
- Pero, a diferencia del pequeño curso de agua, ella danzaba, brillaba y parloteaba alegremente a lo largo de su camino.
—¿Qué dice este triste arroyuelo, madre? —preguntó ella.
—Si tuvieses una pena propia —respondió la madre—, ¡el arroyo podría hablarte de ella, tal como me está hablando a mí de la mía! Pero ahora, Pearl, oigo unos pasos en el sendero y el ruido de alguien que aparta las ramas. Quisiera que te pusieras a jugar y me dejaras hablar con quien viene allá.
—¿Es el Hombre Negro? —preguntó Pearl.
—¿Irás a jugar, niña? —repitió su madre—. Pero no te alejes mucho del bosque. Y ten cuidado de volver a mi primera llamada.