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nydus/The Scarlet LetterPublic
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La aduana

Pero, en lo que respecta a la mayoría de mi cuerpo de veteranos, no se cometerá injuria alguna si los describo en general como un grupo de almas viejas y tediosas, que no habían cosechado nada digno de preservarse de su variada experiencia de vida. Parecían haber tirado todo el grano dorado de la sabiduría práctica, que tantas oportunidades habían tenido de recolectar, y haber almacenado con sumo cuidado las cáscaras en sus memorias. Hablaban con mucho más interés y unción de su desayuno de la mañana, o del almuerzo de ayer, de hoy o de mañana, que del naufragio de hace cuarenta o cincuenta años, y de todas las maravillas del mundo que habían presenciado con sus ojos juveniles.

El padre de la aduana —el patriarca, no solo de este pequeño escuadrón de funcionarios, sino, me atrevo a decir, del respetable cuerpo de guardamuelles de todo los Estados Unidos— era un cierto Inspector permanente. Bien podría ser calificado de hijo legítimo del sistema fiscal, teñido en la rueca, o, mejor dicho, nacido en la púrpura; ya que su progenitor, un coronel de la Revolución y antiguo administrador del puerto, le había creado un cargo y lo había nombrado para ocuparlo en una época de los albores

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