Antes de la Revolución hay una escasez de registros; pues es probable que los documentos y archivos antiguos de la Aduana fueran llevados a Halifax cuando todos los funcionarios del Rey acompañaron al ejército británico en su huida desde Boston.
A menudo esto ha sido motivo de pesar para mí; pues, remontándose tal vez a los días del Protectorado, aquellos papeles debían de contener muchas referencias a hombres olvidados o recordados, y a costumbres antiguas, que me habrían producido el mismo placer que cuando solía recoger puntas de flecha indias en el campo cerca de la Antigua Rectoría.
Pero, un día ocioso y lluvioso, tuve la fortuna de hacer un descubrimiento de cierto pequeño interés.
Revolviendo y escarbando en el montón de desperdicios del rincón; desplegando un documento tras otro y leyendo los nombres de barcos que hacía mucho se habían hundido en el mar o podrido en los muelles, y los de comerciantes de los que ya no se oye hablar en la Bolsa, ni se descifran con mucha facilidad en sus musgosas lápidas; ojeando tales asuntos con el interés entristecido, cansado y medio renuente que le dedicamos al cadáver de una actividad muerta—y esforzando mi imaginación, aletargada por el poco uso, para evocar de entre estos huesos secos una imagen del aspecto más brillante de la vieja ciudad, cuando la India era una región nueva y solo Salem conocía el camino hacia allí—, acerté a poner la mano sobre un pequeño paquete, cuidadosamente envuelto en un trozo de antiguo pergamino amarillento.
Este sobre tenía el aire del registro oficial de una época muy lejana, cuando los amanuenses trazaban su caligrafía rígida y formal sobre