más por venir, dudo que el relato de La letra escarlata hubiera visto jamás la luz pública. Mi imaginación era un espejo deslustrado. No reflejaba —o solo con una penosa penumbra— las figuras con las que hice lo posible por poblarla. Los personajes de la narración no se calentaban ni se volvían maleables con ningún fuego que yo pudiera encender en mi fragua intelectual. No adquirían ni el fulgor de la pasión ni la ternura del sentimiento, sino que conservaban toda la rigidez de cadáveres muertos y me miraban a la cara con una mueca fija y espantosa de desafiante desprecio.
“¿Qué tenéis que ver con nosotros?”, parecía decir aquella expresión.
“¡El pequeño poder que una vez pudiste haber poseído sobre la tribu de las irrealidades se ha desvanecido! Lo has trocado por una bicoca del oro público. ¡Marchate, pues, y gana tu jornal!”.
En resumen, las criaturas casi amodorradas de mi propia fantasía me reprochaban mi imbecilidad, y no sin justificada ocasión.