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nydus/The Scarlet LetterPublic
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XX. El ministro en un laberinto

marino borracho, uno de los tripulantes del barco procedente del Main español. Y aquí, puesto que con tanta valentía se había abstenido de cualquier otra maldad, el pobre señor Dimmesdale anheló, al menos, estrechar la mano de aquel bribón embadurnado de alquitrán, y solazarse con unos cuantos chistes indecorosos, de los que tan pródigos son los marineros licenciosos, ¡y con una andanada de juramentos buenos, redondos, sólidos, satisfactorios y desafiantes del cielo! No fue tanto un principio superior, sino en parte su buen gusto natural y aún más su almidonado hábito de decoro clerical, lo que lo sacó a salvo de esta última crisis.

«¿Qué es esto que de tal modo me acosa y tienta?», exclamó el ministro para sus adentros al fin, deteniéndose en la calle y golpeándose la frente con la mano. «¿Estoy loco? ¿O me he entregado por completo al demonio? ¿Acaso hice un pacto con él en el bosque y lo firmé con mi sangre? ¿Y es que ahora me reclama su cumplimiento, sugiriéndome la ejecución de cuantas maldades puede concebir su más inmunda imaginación?».

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