medianamente bueno. Eso era todo. Mas, sin embargo, es de todo punto desagradable verse acosado por la sospecha de que el propio intelecto se está marchitando; o exhalándose, sin que uno sea consciente, como el éter de un frasco; de modo que, a cada vistazo, uno halla un residuo menor y menos volátil. Del hecho no cabía duda; y, examinándome a mí mismo y a otros, llegué a conclusiones, en lo referente al efecto del cargo público sobre el carácter, no muy favorables al modo de vida en cuestión. En alguna otra forma, tal vez, desarrolle en el futuro estos efectos. Baste decir aquí que un funcionario de aduanas, de larga trayectoria, difícilmente puede ser un personaje muy loable o respetable, por muchas razones; una de ellas, la estabilidad con la que ostenta su puesto, y otra, la naturaleza misma de su ocupación, la cual —aunque, confío, honrada— es de tal índole que no participa en el esfuerzo mancomunado de la humanidad.
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La aduana
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