Y era más apacible aquí que en las calles de bordes herbosos del asentamiento, o en la cabaña de su madre. Las flores parecían saberlo; y una tras otra le susurraban al pasar: «¡Adórnate conmigo, niña hermosa, adórnate conmigo!», y, para complacerlas, Pearl cogió las violetas, las anemones y las aguileñas, junto con unas ramitas del verde más tierno que los viejos árboles le tendían ante los ojos. Con ellas se decoró el cabello y su joven talle, y se convirtió en una niña ninfa, o una dríada infantil, o cualquier otra criatura que estuviera en mayor sintonía con el bosque milenario. Ataviada de tal modo fue como Pearl oyó la voz de su madre y regresó lentamente.
Lentamente; porque vio al clérigo.