Vio al ministro que avanzaba por el camino, completamente solo, y apoyándose en un bastón que había cortado al borde de la vía. Tenía un aspecto demacrado y débil, y delataba en su aire un abatimiento sin energía que nunca le había caracterizado de manera tan notable en sus paseos por la colonia, ni en ninguna otra situación donde se supiera expuesto a las miradas. Aquí resultaba dolorosamente visible, en esta intensa reclusión del bosque, que por sí sola habría sido una dura prueba para el ánimo. Había apatía en su andar; como si no viera razón para dar un paso más, ni sintiera deseo alguno de hacerlo, sino que se habría alegrado —de poder alegrarse de algo— de arrojarse al pie del árbol más cercano y yacer allí pasivo, para siempre jamás. Las hojas podrían cubrirlo, y la tierra acumularse gradualmente y formar un pequeño túmulo sobre su cuerpo, sin importar que hubiese vida en él o no. La muerte era un objetivo demasiado definido como para desearlo o evitarlo.
A los ojos de Hester, el reverendo señor Dimmesdale no mostraba ningún síntoma de sufrimiento positivo y vivaz, excepto que, como la pequeña Pearl había observado, se llevaba la mano al corazón.