entonces. —«¿Veis a esa mujer con el distintivo bordado?», solían decir a los extraños—. ¡Es nuestra Hester, la propia Hester del pueblo, que es tan bondadosa con los pobres, tan servicial con los enfermos, tan consoladora con los afligidos!». Entonces, es verdad, la propensión de la naturaleza humana a contar lo peor de sí misma, cuando se encarna en la persona de otro, los obligaba a susurrar el oscuro escándalo de años pretéritos. No era menos cierto, sin embargo, que ante los ojos de los mismos hombres que hablaban así, la letra escarlata producía el efecto de la cruz en el pecho de una monja. Confería a quien la llevaba una especie de carácter sagrado que le permitía caminar con seguridad en medio de todo peligro. Si hubiera caído entre ladrones, la habría mantenido a salvo. Se contaba, y muchos lo creían, que un indio había apuntado con su flecha hacia el distintivo, y que el proyectil lo había alcanzado, pero cayó inofensivo al suelo.
El efecto del símbolo—o, más bien, de la posición respecto a la sociedad que este indicaba—sobre la mente de la propia Hester Prynne fue poderoso y peculiar. Todo el follaje ligero y gracioso de su carácter se había marchitado por obra de este hierro al rojo vivo, y hacía mucho que se había desprendido, dejando un contorno denudo y áspero, que podría haber resultado repulsivo si hubiera tenido amigos o compañeros en quienes causar repulsión. Incluso el atractivo de su persona había experimentado un cambio similar. Se debía en parte, tal vez, a la estudiada austeridad de su vestimenta, y en parte a la falta de expresividad de sus modales. Constituía asimismo una triste transformación el hecho de que su cabello, antes rico y exuberante, hubiera sido cortado o estuviera tan completamente oculto por una cofia que ni un solo mechón brillante brotaba jamás bajo la luz del sol. Se debía en parte a todas estas causas, pero más aún a alguna otra cosa, el que pareciera no haber ya nada en el rostro de Hester donde el Amor pudiera detenerse; nada en la esbelta figura de Hester, aunque majestuosa y estatuaria, que la Pasión soñara jamás con estrechar en su abrazo; nada en el pecho de Hester para volver a hacerlo jamás la almohada del Afecto. Cierto