consternado, pero rebosante de una compasión anegada en lágrimas, al saber que un asunto vital muy profundo —que, si estaba lleno de pecado, estaba lleno también de angustia y arrepentimiento— iba a serles revelado ahora. El sol, que apenas había pasado el meridiano, brillaba sobre el clérigo y otorgaba nitidez a su figura, mientras sobresalía de entre toda la tierra para presentar su declaración de culpabilidad ante el tribunal de la Justicia Eterna.
“¡Pueblo de Nueva Inglaterra!”, exclamó con una voz que se elevaba sobre ellos, alta, solemne y majestuosa —aunque siempre con un temblor, y a veces un grito, que luchaba por salir de una profundidad insondable de remordimiento y dolor—, “¡vosotros, que me habéis amado! ¡Vosotros, que me habéis tenido por santo! ¡Miradme aquí, el único pecador del mundo! ¡Por fin! ¡Por fin! ¡Me hallo en el lugar donde, hace siete años, debí haberme hallado; aquí, con esta mujer, cuyo brazo, más que la escasa fuerza con la que me he arrastrado hasta este sitio, me sostiene, en este terrible momento, para no caer postrado de bruces! ¡He aquí la letra escarlata que lleva Hester! ¡Todos os habéis estremecido ante ella! Por dondequiera que ha caminado —por dondequiera que, tan miserablemente agobiada, haya esperado hallar reposo—, ha arrojado a su alrededor un fulgor espeluznante de pavor y horrible repugnancia. ¡Pero en medio de vosotros había uno, ante cuya marca de pecado e infamia no os habéis estremecido!”.
Parecía, en ese momento, como si el ministro debiera dejar el resto de su secreto sin revelar. Pero luchó contra la debilidad corporal —y, más aún, contra el desfallecimiento del corazón— que pugnaba por dominarlo. Se deshizo de toda ayuda y dio un paso adelante con arrebato ante la mujer y la criatura.
“¡Estaba sobre él!”, continuó, con una especie de fiereza; tan decidido estaba a decirlo todo por completo.