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nydus/The Scarlet LetterPublic
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IX. La sanguijuela

en verdad yaciese en el fondo del océano, adonde el rumor lo había confinado tiempo atrás.

Una vez cumplido este propósito, surgirían de inmediato nuevos intereses y, asimismo, un nuevo propósito; oscuro, es verdad, si no culpable, pero de la fuerza suficiente para ocupar toda la capacidad de sus facultades.

En cumplimiento de este propósito, fijó su residencia en la villa puritana bajo el nombre de Roger Chillingworth, sin más presentación que la erudición y la inteligencia de las que poseía más común medida. Como sus estudios, en una época anterior de su vida, le habían familiarizado ampliamente con la ciencia médica de entonces, se presentó como médico y, como tal, fue cordialmente recibido.

Hombres hábiles, de la profesión médica y quirúrgica, eran de rara ocurrencia en la colonia. Rara vez, según parece, compartían el celo religioso que traía a otros emigrantes a través del Atlántico.

En sus investigaciones sobre la estructura humana, pudiera ser que las facultades superiores y más sutiles de tales hombres se hubieran materializado, y que perdieran la visión espiritual de la existencia entre los intríngulis de aquel maravilloso mecanismo, que parecía encerrar el arte suficiente como para abarcar toda la vida en su interior.

Sea como fuere, la salud de la buena ciudad de Boston, en la medida en que la medicina tuviera algo que ver con ella, había estado hasta entonces bajo la tutela de un anciano diácono y boticario, cuya piedad y piadosa conducta eran testimonios a su favor más sólidos que cualquiera que hubiera podido presentar en forma de diploma.

El único cirujano era alguien que combinaba el ejercicio ocasional de ese noble arte con el manejo diario y habitual de una navaja de afeitar.

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