—No juzgo menos —dijo el médico—. Y ahora, ¿qué deseas de mí en lo que toca a este hombre?
—Debo revelar el secreto —respondió Hester, con firmeza—. Él debe reconocerte en tu verdadera naturaleza. Cuál sea el resultado, no lo sé. Pero esta larga deuda de confianza, que le debo a él, de quien he sido la ruina y la perdición, por fin será saldada. En lo que concierne a la destrucción o preservación de su buena fama y su posición terrenal, y tal vez su vida, él está en tus manos. Ni yo —a quien la letra escarlata ha disciplinado en la verdad, aunque sea la verdad del hierro al rojo vivo, penetrando en el alma—, ni yo percibo tal ventaja en que él siga viviendo una vida de espantosa vacuidad, como para rebajarme a implorar tu piedad. ¡Haz con él lo que quieras! ¡No hay bien para él; no hay bien para mí; no hay bien para ti! ¡No hay bien para la pequeña Pearl! ¡No hay sendero que nos guíe fuera de este sombrío laberinto!
—¡Mujer, casi podría compadecerme de ti! —dijo Roger Chillingworth,