en el corpiño de su vestido! ¡Vaya, mirad, bien puede cubrirlo con un broche, o algún adorno pagano por el estilo, y pasearse así por las calles tan campante como siempre!”.
—Ah, pero —interpuso, más suavemente, una joven esposa, que llevaba a un niño de la mano—, por más que se cubra la marca, el tormento de esta estará siempre en su corazón.
—¿Qué hablamos de marcas y señales, ya sea en el corpiño de su vestido o en la carne de su frente? —exclamó otra mujer, la más fea y también la más despiadada de estos jueces autoproclamados—. Esta mujer ha traído la deshonra sobre todos nosotros, y debería morir. ¿Acaso no hay ley para ello? En verdad la hay, tanto en las Escrituras como en el código penal. ¡Entonces que los magistrados, que la han vuelto inútil, se atengan a las consecuencias si sus propias esposas e hijas se desvían del buen camino!
—¡Valiente piedad, buena mujer! —exclamó un hombre entre la multitud—, ¿acaso no hay virtud en la mujer, salvo la que brota del sano temor a la horca? ¡Esa es la palabra más dura hasta ahora! ¡Silencio ya, comadres!, pues gira la cerradura en la puerta de la prisión, y ahí viene la misma señora Prynne.
Abriéndose la puerta de la cárcel desde dentro, apareció, en primer lugar, como una sombra negra que emerge a la luz del sol, la sombría y espantosa presencia del bedel del pueblo, con una espada al costado y su vara de justicia en la mano. Este personaje prefiguraba y representaba en su aspecto toda la lúgubre severidad del código legal puritano, cuya misión era administrar en su aplicación final y más directa al infractor. Extendiendo la vara oficial en su mano izquierda, puso la derecha sobre el hombro de una joven, a quien arrastró así hacia adelante; hasta que, en el umbral de la puerta de la prisión, ella lo repeló, mediante un gesto