emblemáticos de paño negro y lino níveo, el dolor de los sobrevivientes— había una demanda frecuente y característica de la labor que Hester Prynne podía ofrecer. La ropita de bebé —pues entonces los bebés llevaban trajes de gala— ofrecía otra posibilidad más de trabajo y emolumento.
Poco a poco, y no con mucha lentitud, su labor manual llegó a ser lo que hoy en día se denominaría la moda.
Ya fuera por compasión hacia una mujer de tan mísero destino; o por la morbosa curiosidad que confiere un valor ficticio incluso a las cosas comunes o sin valor; o por cualquier otra circunstancia intangible que entonces, como ahora, bastaba para otorgar a algunas personas lo que otras buscarían en vano; o porque Hester realmente llenaba un vacío que de otro modo habría permanecido desocupado; el caso es que tenía trabajo listo y justamente remunerado para tantas horas como tuviera a bien ocupar con su aguja.
La vanidad, tal vez, elegía mortificarse poniéndose, para las ceremonias de pompa y boato, las vestiduras que habían sido confeccionadas por sus manos pecadoras. Su labor de aguja se veía en la golilla del Gobernador; los militares la llevaban en sus bandas, y el ministro en su cuello; adornaba el gorresito del bebé; se encerraba, para enmohecerse y desmoronarse, en los ataúdes de los muertos.
Pero no consta que, en un solo caso, se recurriera a su habilidad para bordar el velo blanco que había de cubrir los puros sonrojos de una novia. La excepción indicaba el rigor siempre implacable con que la sociedad reprobaba su pecado.
Hester no buscaba adquirir nada más allá de un sustento, de la índole más sencilla y ascética, para sí misma, y una sencilla abundancia para su hija. Su propio vestido era de los materiales más burdos y del tinte más sombrío; con solo aquel único adorno —la letra escarlata— que su