marcado por una natural dignidad y fuerza de carácter, y salió al aire libre, como por su propia voluntad. Llevaba en brazos a una criatura, un bebé de unos tres meses, que parpadeaba y apartaba su carita de la luz del día, demasiado intensa; porque su existencia, hasta entonces, solo le había permitido conocer la penumbra gris de una mazmorra u otro aposento oscuro de la prisión.
Cuando la joven —la madre de esta criatura— quedó plenamente revelada ante la multitud, pareció ser su primer impulso ceñir al infante con fuerza contra su pecho; no tanto por un impulso de afecto maternal, como para ocultar con ello cierta marca, que estaba bordada o prendida en su vestido. Al cabo de un momento, sin embargo, juzgando con acierto que una marca de su vergüenza mal serviría para esconder otra, tomó a la criatura en brazos y, con un ardoroso sonrojo, y aun con una sonrisa altiva, y una mirada que no se dejaba amedrentar, miró a su alrededor a sus conciudadanos y vecinos. Sobre el pecho de su vestido, de fina tela roja, rodeada de un laborioso bordado y fantásticos arabescos de hilo de oro, aparecía la letra A. Estaba hecha con tal arte, y con tanta fecundidad y suntuosa exuberancia de fantasía, que producía todo el efecto de un último y adecuado adorno para la indumentaria que llevaba; la cual era de un esplendor acorde con el gusto de la época, pero muy superior al permitido por los reglamentos suntuarios de la colonia.
La joven era alta, con una figura de perfecta elegancia a gran escala.
Tenía el cabello oscuro y abundante, tan brillante que reflejaba la luz del sol con un destello, y un rostro que, además de ser hermoso por la regularidad de sus facciones y la riqueza de su cutis, poseía la expresividad propia de una frente prominente y unos ojos negros y profundos.
Era también una dama, al modo de la gentileza femenina de aquellos tiempos; caracterizada por cierta prestancia y dignidad, más que por la gracia delicada, evanescente e indescriptible que hoy se reconoce como su signo.