lecho de muerte —respondió Hester Prynne—; en el lecho de muerte del gobernador Winthrop, y le he tomado la medida para una túnica, y ahora voy camino a mi casa”.
—Subid acá, Hester, vos y la pequeña Pearl —dijo el reverendo señor Dimmesdale—. ¡Ambas habéis estado aquí antes, pero yo no estaba con vosotros. Subid acá una vez más, y estaremos los tres juntos!
Ella ascendió silenciosamente los peldaños y se detuvo en el tablado, tomando de la mano a la pequeña Pearl.
El pastor buscó la otra mano de la niña y la tomó. En el momento en que lo hizo, se produjo lo que pareció una impetuosa avalancha de vida nueva, una vida ajena a la suya, que se vertía como un torrente en su corazón y se apresuraba por todas sus venas, como si la madre y la hija estuvieran comunicando su calor vital a su organismo semiletárgico.
Los tres formaban una cadena eléctrica.