Hubo una circunstancia singular que caracterizó el estado psicológico del señor Dimmesdale en este momento. Todo el tiempo que estuvo mirando hacia el cenit, fue, sin embargo, perfectamente consciente de que la pequeña Pearl estaba señalando con el dedo al viejo Roger Chillingworth, quien se encontraba a no mucha distancia del cadalso.
El ministro pareció verlo con la misma mirada que distinguió la letra milagrosa. A sus facciones, como a todos los demás objetos, la luz meteórica les otorgó una nueva expresión; o bien podría ser que el médico no tuviera el cuidado entonces, como en todas las demás ocasiones, de ocultar la malevolencia con la que miraba a su víctima.
Ciertamente, si el meteoro iluminaba el cielo y revelaba la tierra con una pavorosa solemnidad que advertía a Hester Prynne y al clérigo sobre el día del juicio final, entonces Roger Chillingworth bien habría podido pasar ante ellos por el archidemonio, de pie allí con una sonrisa y un rictus, para reclamar lo suyo.
Tan vívida era la expresión, o tan intensa la percepción que el ministro tenía de ella, que parecía seguir grabada en la oscuridad, una vez que el meteoro se hubo desvanecido, con el efecto de que la calle y todo lo demás hubieran quedado anonadados al instante.
—¿Quién es ese hombre, Hester? —exclamó el señor Dimmesdale con un hilo de voz, vencido por el terror—. ¡Me escalofriá! ¿Le conoces? ¡Le odio, Hester!
Recordó su juramento y guardó silencio.
—¡Te digo que mi alma se estremece ante él! —murmuró de nuevo el ministro—. ¿Quién es? ¿Quién es? ¿No puedes hacer nada por mí? ¡Siento un horror sin nombre hacia ese hombre!