Apenas es decoroso, sin embargo, decirlo todo, aun cuando hablemos de manera impersonal.
Pero, como los pensamientos se congelan y la voz se entumece a menos que el orador mantenga una auténtica relación con su público, tal vez sea disculpable imaginar que un amigo —un amigo bondadoso y perspicaz, aunque no el más íntimo— está escuchando nuestra charla; y entonces, al verse derretida una reserva innata por esta acogedora conciencia, podemos parlotear sobre las circunstancias que nos rodean, e incluso sobre nosotros mismos, pero manteniendo aún al Yo más íntimo tras su velo.
Hasta este punto, y dentro de estos límites, un autor, a mi parecer, puede ser autobiográfico sin vulnerar los derechos del lector ni los suyos propios.
Se verá, asimismo, que este boceto de la Aduana tiene cierta propiedad, de un tipo siempre reconocido en la literatura, al explicar cómo una gran parte de las páginas siguientes llegó a mi poder, y al ofrecer pruebas de la autenticidad de una narración en ellas contenida. Este, en realidad —el deseo de colocarme en mi verdadera posición como editor, o muy poco más, del más prolífico entre los relatos que componen mi volumen—, este, y no otro, es mi verdadero motivo para asumir una relación personal con el público. Al cumplir con este propósito principal, ha parecido admisible, mediante unos cuantos toques adicionales, ofrecer una débil representación de un modo de vida hasta ahora no descrito, junto con algunos de los personajes que en él se mueven, entre los cuales al autor le tocó figurar.
En mi ciudad natal de Salem, a la cabeza de lo que, hace medio siglo, en los días del viejo rey Derby, era un muelle bullicioso —pero que ahora está abrumado por podridos almacenes de madera y muestra pocos o nulos síntomas de vida comercial; excepto, tal vez, una barca o bergantín,