El día amanecería y lo encontraría allí. El vecindario empezaría a agitarse. El más madrugador, al salir en la penumbra crepuscular, percibiría una figura vagamente definida en lo alto del lugar de la ignominia; y, medio loco entre el espanto y la curiosidad, iría llamando de puerta en puerta para convocar a toda la gente a contemplar al fantasma —como necesariamente habría de creer que era— de algún transgresor difunto. Un rumor sombrío aletearía de una casa a otra. Luego —mientras la luz de la mañana seguía intensificándose—, viejos patriarcas se levantarían a toda prisa, cada cual con su bata de franela, y matronas respetables, sin detenerse a quitarse la ropa de dormir. Toda la tribu de personajes decorosos, a quienes nunca hasta entonces se había visto con un solo cabello de la cabeza descolocado, saltaría a la vista del público con el desorden de una pesadilla en el semblante. * El viejo gobernador Bellingham saldría con gesto severo, con la gorguera del rey Jacobo abrochada torcidamente; * y la señora Hibbins, con algunas ramitas del bosque adheridas a las faldas, y con un aspecto más agrio que nunca, por haber dormido apenas un guiño tras su paseo nocturno; * y el buen padre Wilson también, tras pasar media noche junto a un lecho de muerte, y a quien le pesaría ser perturbado, tan temprano, de sus sueños acerca de los santos glorificados. Hasta allí llegarían asimismo los ancianos y diáconos de la iglesia del señor Dimmesdale, y las jóvenes vírgenes que tan idolatrado tenían a su ministro y le habían erigido un altar en sus blancos pechos; los cuales ahora, dicho sea de paso, en su prisa y confusión, apenas se habrían tomado el tiempo de cubrir con sus pañuelos. Toda la gente, en una palabra, saldría tropezando por sus umbrales y alzando sus rostros atónitos y horrorizados alrededor del patíbulo. ¿A quién divisarían allí, con la roja luz del este sobre la frente?
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XII. La vigilia del ministro
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