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nydus/The Scarlet LetterPublic
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La aduana

Así, por lo tanto, el suelo de nuestra familiar habitación se ha convertido en un territorio neutral, algo intermedio entre el mundo real y el país de las hadas, donde lo Real y lo Imaginario pueden encontrarse, y cada uno impregnarse de la naturaleza del otro.

Los fantasmas podrían entrar aquí, sin atemorizarnos.

Estaría demasiado en consonancia con la escena como para causar sorpresa que, si mirásemos a nuestro alrededor, descubriéramos una forma amada, pero marchada de este mundo, sentada ahora tranquilamente en un rayo de esta luz de luna mágica, con un aspecto que nos haría dudar de si ha regresado de lejos, o si jamás se ha movido de nuestro hogar.

El fuego de carbón, algo apagado, ejerce una influencia esencial en la producción del efecto que quisiera describir. Arroja su tono discreto por toda la habitación, con una tenue rojez sobre las paredes y el cielo raso, y un brillo reflejado en el pulido de los muebles. Esta luz más cálida se mezcla con la fría espiritualidad de los rayos de luna y comunica, por decirlo así, un corazón y una sensibilidad de ternura humana a las formas que la fantasía evoca. Las convierte de imágenes de nieve en hombres y mujeres. Al mirar de soslayo al espejo, contemplamos —en lo más hondo de su borde hechizado— el fulgor latente de la antracita medio extinguida, los blancos rayos lunares en el suelo y una repetición de todas las luces y sombras de la escena, un grado más alejada de lo real y más cercana a lo imaginario. Entonces, a semejante hora y con este panorama ante él, si un hombre, sentado del todo a solas, no es capaz de soñar cosas extrañas y hacer que parezcan verdad, más le vale no intentar jamás escribir romances.

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