Ha habido suficiente cháchara y barullo entre ellos, pero sin propósito alguno. Cuando alguna palabra clara ha sido arrojada al aire, carecía de sentido o ilación.
Por lo cual, ¡«ininteligible!» es de nuevo el comentario del observador, pronunciado con un asentimiento de cabeza algo tranquilizado y una sonrisa sombría. Deposita entonces ciertas monedas de plata sobre la mesa, encuentra su sombrero, tantea su salida por la escalera rota, da los buenos días a algún portero roído por las ratas, acostado en una pocilga negra bajo la escalera, y sale.
Esa misma tarde, la enorme torre cuadrada y gris de una vieja catedral se alza ante la vista de un viajero hastiado. Las campanas tocan para el servicio vespertino diario, y uno diría que él necesita asistir a él, a juzgar por su prisa por llegar a la puerta abierta de la catedral.
El coro se está poniendo sus túnicas blancas y sucias, a toda prisa, cuando él llega entre ellos, se pone su propia túnica y se une a la procesión que entra en fila para el servicio.
Entonces, el sacristán echa la llave a las puertas de barrotes de hierro que dividen el santuario del presbiterio, y toda la procesión, tras escabullirse a sus lugares, oculta sus rostros; y luego las palabras entonadas: «Cuando el malvado...» se elevan entre las ojivas de los arcos y las vigas del techo, despertando un trueno sordo.