hubiera alistado al servicio de un enemigo declarado del género humano), lo condujo hasta la habitación de Mr. Honeythunder.
—Señor —dijo el señor Honeythunder con su vozarrón, como un maestro de escuela que le da órdenes a un muchacho de quien tiene una mala opinión—, siéntese.
Mr. Crisparkle tomó asiento.
Mr. Honeythunder, habiendo firmado los últimos cuantos cientos de unos pocos miles de circulares en las que instaba a un número correspondiente de familias sin recursos a presentarse, aflojar la pasta al instante y hacerse Filántropos, o irse al Infierno, otro filántropo asalariado y desaliñado (altamente desinteresado, si hablaba en serio) las metió en una cesta y se marchó con ellas.
—Ahora, señor Crisparkle —dijo el señor Honeythunder, girando su silla a medias hacia él cuando se quedaron solos, cruzando los brazos con las manos sobre las rodillas y frunciendo el ceño, como si añadiera: «Voy a liquidarlo en un dos por tres»—: Ahora, señor Crisparkle, usted y yo, señor, mantenemos puntos de vista diferentes sobre la santidad de la vida humana.
—¿Eso creemos? —replicó el Canónigo Menor.
—Así es, señor.
—¿Podría preguntarle —dijo el Canónigo Menor—: cuáles son sus puntos de vista sobre ese tema?
—Que la vida humana es algo que debe considerarse sagrado, caballero.
—¿Podría preguntarle —prosiguió el Canónigo Menor como antes— cuáles supone usted que son mis opiniones sobre ese asunto?