incluye en su repertorio ninguna pieza que aborde tan poco rentables cuestiones.
Así como, en algunos casos de embriaguez, y en otros de magnetismo animal, existen dos estados de conciencia que nunca entran en conflicto, sino que cada uno sigue su propio curso como si fuera continuo en lugar de interrumpido (por lo tanto, si escondo mi reloj cuando estoy borracho, debo volver a estar borracho para recordar dónde lo puse), la señorita Twinkleton tiene dos fases de la existencia distintas y separadas.
Cada noche, en el momento en que las señoritas se han retirado a descansar, se arregla la señorita Twinkleton un poco los rizos, se alegra un poco los ojos y se convierte en una señorita Twinkleton mucho más vivaz de lo que las señoritas jamás han visto.
Cada noche, a la misma hora, retoma la señorita Twinkleton los temas de la noche anterior, que abarcan el cotilleo más tierno de Cloisterham —del cual no tiene conocimiento alguno durante el día— y alusiones a cierta temporada en Tunbridge Wells (llamada con ligereza por la señorita Twinkleton, en este estado de su existencia, «The Wells»), notablemente la temporada en la que cierto caballero pulcro (llamado con compasión por la señorita Twinkleton, en esta etapa de su existencia, «el tonto del señor Porters») le reveló un homenaje del corazón, del cual la señorita Twinkleton, en su estado escolástico de existencia, es tan ignorante como un pilar de granito.
La compañera de la señorita Twinkleton en ambos estados de su existencia, e igualmente adaptable a cualquiera de ellos, es cierta señora Tisher: una viuda deferente, de espalda endeble, suspiro crónico y voz apagada, que cuida el guardarropa de las señoritas y les da a entender que ha visto días mejores.
Quizá sea esta la razón por la cual constituye un artículo de fe entre los sirvientes, transmitido de generación en generación, que el difunto Tisher era peluquero.