—Mentís, sí lo hice —dice Deputy, en su única forma de contradicción educada.
“Hermano carnal, señor —observa Durdles, volviéndose de nuevo y olvidando su ofensa tan inesperadamente como la había recordado o concebido—; ¡hermano carnal de Pedro el Niño Salvaje! Pero yo le di un propósito en la vida”.
—¿A lo cual apunta? —sugiere el señor Jasper.
—Así es, señor —responde Durdles, muy satisfecho—; a lo que él apunta. Lo tomé bajo mi tutela y le di un propósito.
¿Qué era antes? Un destructor.
¿Qué trabajo hacía? Nada más que destrucción.
¿Qué ganaba con ello? Breves temporadas en la cárcel de Cloisterham. No había persona, ni propiedad, ni ventana, ni caballo, ni perro, ni gato, ni pájaro, ni ave de corral, ni cerdo, que no apedreara por falta de un propósito ilustrado. Puse ese propósito ilustrado ante él, y ahora puede ganarse honradamente sus cuartos con las tres perras gordas a la semana.
—Me extraña que no tenga competidores.
—Tiene de sobra, señor Jasper, pero se los tira a todos a pedradas. Ahora bien, no sé en qué va a parar este plan mío —prosigue Durdles, sopesándolo con la misma empapada gravedad—; no sé cómo podría llamarlo con precisión. ¿No vendría a ser una especie de... plan de... ¿Educación Nacional?
—Ni lo mande Dios —responde Jasper.
—No creo que debamos —asiente Durdles—; así que no intentaremos ponerle nombre.