eso que no había desayunado; y tiene que comerse una pechuga del pollo asado, que lo habrán vuelto a guardar tantas veces como una docena. Todo estará en la mesa en cinco minutos, y este buen caballero gustará quizás de quedarse a ver cómo se lo toma.
Este buen caballero respondió con un snort, que podía significar sí, o no, o cualquier cosa, o nada, y que a la señora Tope le habría parecido de lo más enigmático, de no ser porque su atención estaba dividida por el servicio de la mesa.
—¿Tomarás algo conmigo? —dijo Jasper, mientras se extendía el mantel.
—No pude tragar ni un bocado, se lo agradezco —respondió el señor Grewgious.
Jasper tanto comió como bebió casi vorazmente. Combinada con la prisa en su modo de hacerlo, había una evidente indiferencia hacia el sabor de lo que ingería, sugiriendo que comía y bebía para fortificarse contra cualquier otro desfallecimiento de ánimo, mucho más que para gratificar su paladar.
El señor Grewgious, mientras tanto, permanecía sentado muy derecho, sin expresión alguna en el rostro y con una especie de dura e impertérritamente cortés protesta por todo su ser: como si hubiera dicho, en respuesta a alguna invitación a conversar;
“No podría concebir ni el más leve atisbo de comentario sobre ningún tema en absoluto, se lo agradezco”.
—¿Sabes —dijo Jasper, después de haber apartado su plato y su copa, y de haberse quedado meditando durante unos minutos—:
sabes que encuentro algunas migajas de consuelo en la comunicación con la que tanto me has asombrado?