Otro silencio cayó sobre ellos.
—Y sabes —dijo Rosa con inocencia—, tú no podías quererme entonces; y siempre podrás quererme ahora, pues no seré una carga para ti, ni una preocupación. Y yo siempre podré quererte ahora, y tu hermana no te molestará ni jugará contigo. A menudo lo hacía cuando yo no era tu hermana, y te pido disculpas por ello.
—No lleguemos a eso, Rosa; o necesitaré más perdones de los que me gusta imaginar.
—No, en verdad, Eddy; eres demasiado duro, mi generoso muchacho, contigo mismo.
Sentémonos, hermano, sobre estas ruinas, y déjame contarte cómo fue lo nuestro. Creo que lo sé, pues lo he meditado mucho desde que estuviste aquí la última vez. Te gustaba, ¿verdad? ¿Creías que yo era una criatura encantadora?
—Todo el mundo piensa eso, Rosa.
—¿Verdad que sí? —Frunció el ceño pensativa un momento, y luego soltó de repente aquella brillante y pequeña deducción:
«Bueno, pero supongamos que sí. Ciertamente no bastaba con que pensaras en mí solo como los demás; ¿verdad que no?».
El escollo no se podía superar. No era suficiente.
—Y eso es precisamente lo que quiero decir; así fue exactamente lo mismo con nosotros —dijo Rosa—. Yo te caía muy bien, y te habías acostumbrado a mí, y te habías acostumbrado a la idea de que nos casáramos. Aceptaste la situación como algo inevitable, ¿no es así? Tenía que ser, pensaste, ¿y para qué discutirlo o rebatirlo?