“¡Dilo aquí, entonces —replica el otro, levantándose furioso—, dilo en cualquier parte! Tu vanidad es intolerable, tu presunción resulta insoportable; hablas como si fueras un premio raro y precioso, en vez de un fanfarrón corriente. Eres un tipo corriente y un fanfarrón corriente”.
—Vaya, vaya —dice Edwin Drood, igualmente furioso, pero más sereno—; ¿cómo vas a saberlo tú? Podrás reconocer a un tipo corriente de piel oscura, o a un fanfarrón corriente de piel oscura, cuando lo veas (y sin duda tienes un amplio círculo de conocidos de esa calaña); pero tú no eres quién para juzgar a los hombres blancos.
Esta alusión insultante a su piel oscura enfurece a Neville hasta tal punto, que le arroja los posos de su vino a Edwin Drood, y está a punto de arrojarle la copa también, cuando Jasper le detiene el brazo justo a tiempo.
“¡Ned, querido amigo!”, grita en alta voz; “¡te lo suplico, te lo ordeno, cálmate!”.
Ha habido una carrera de los tres, y un tintineo de vasos y vuelco de sillas.
“¡Señor Neville, qué vergüenza! Déme este vaso. Abra la mano, señor. ¡Voy a quitárselo!”.
Pero Neville lo aparta de un empujón y se detiene un instante, con furia cainita, con la copa aún en la mano en alto.
Luego, la arroja contra la rejilla de la chimenea con tanta fuerza que los fragmentos rotos saltan hechos añicos; y abandona la casa.
Cuando sale por primera vez al aire de la noche, nada a su alrededor está quieto o firme; nada a su alrededor se muestra como lo que es; solo sabe que está de pie, con la cabeza descubierta, en medio de un torbellino rojo como la sangre, a la espera de que luchen con él y de luchar a muerte.