No ropero común con una puerta vulgar de goznes, que se abre de golpe y sin dejar nada por revelar poco a poco, este raro armario tenía una cerradura en el aire, donde se encontraban dos guías perpendiculares: una que descendía y otra que ascendía.
La guía superior, al ser tirada hacia abajo (dejando la inferior como un doble misterio), revelaba profundos estantes de frascos de encurtidos, tarros de mermelada, botes de hojalata, especieros y agradablemente estrafalarios recipientes de azul y blanco, las suntuosas moradas de tamarindos y jengibre en almíbar.
Cada benévolo habitante de este refugio tenía su nombre inscrito sobre el estómago.
- Los encurtidos, con un uniforme de rico abrigo marrón cruzado y abotonado, y calzones amarillos o de sombrío estambre, anunciaban sus corpulentas formas, en mayúsculas de imprenta, como Nogal, Pepinillo, Cebolla, Col, Coliflor, Surtidos y otros miembros de esa noble familia.
- Las mermeladas, por ser de un temperamento menos masculino y por llevar papillot, se anunciaban con una caligrafía femenina, como un suave susurro, para ser Frambuesa, Grosella, Albaricoque, Ciruela, Damasquina, Manzana y Melocotón.
Al cerrarse la escena sobre estos encantos y ascender la bandeja inferior, se descubrieron unas naranjas, acompañadas de una poderosa azucarera barnizada, para templar su acerbidad si estuvieran verdes.
Caseros bizcochos aguardaban en la Corte de estas Potencias, acompañados de un buen fragmento de pastel de pasas y varios esbeltos dedos de dama, destinados a ser sumergidos en vino dulce y besados.
Más abajo de todo, una compacta bóveda de plomo guardaba el vino dulce y una provisión de licores: de donde surgían susurros de Naranja de Sevilla, Limón, Almendra y Alcaravea.