—Otra cosa debes hacer, Eddy, para complacer-me —dice Rosebud—. En el momento en que salgamos a la calle, debes ponerme del lado de afuera y mantenerte tú bien pegado a la casa; achúrrate y rásate contra ella.
—Por supuesto, Rosa, si así lo deseas. ¿Puedo preguntar por qué?
“¡Oh! porque no quiero que las chicas te vean”.
“It’s a fine day; but would you like me to carry an umbrella up?”
—No sea tonto, señor. No lleva botas de charol —, haciendo un puchero, con un hombro levantado.
—Quizás eso pase desapercibido para las chicas, incluso si me llegaran a ver —comenta Edwin, mirando hacia abajo con una repulsión repentina hacia sus botas.
—Nada se les escapa, señor. Y entonces sé lo que pasaría. Algunas empezarían a criticarme diciendo (pues son libres) que por nada del mundo se comprometerían jamás con amantes que no llevaran botas de charol. ¡Escuche! La señorita Twinkleton. Voy a pedir permiso.
A esa discreta señora, a quien en efecto se oye afuera preguntándole a nadie en un tono gratamente conversacional mientras avanza: «¿Eh? ¡Vaya! ¿Estás segura de que viste mi portabotones de madreperla en la mesa de costura de mi habitación?», se le pide de inmediato permiso para salir a pasear, y lo concede con gracia.