«al clavar el pico directamente en el ataúd. El viejo le dirigió a Durdles una mirada con los ojos abiertos, como quien dice: “¿Te llamas Durdles? ¡Vaya, amigo, llevo esperándote una eternidad!”. Y entonces se volvió
Con una regla de dos pies siempre en el bolsillo, y un martillo de albañil casi siempre en la mano, Durdles va continuamente sondeando y picando por aquí y por allá en torno a la Catedral; y cada vez que le dice a Tope: «¡Tope, aquí hay otra de las viejas!», Tope se lo anuncia al deán como un descubrimiento consagrado.
Con un traje de franela burda de botones de cuerno, un pañuelo amarillo de puntas ajadas, un viejo sombrero más rojizo que negro y unas botas con cordones del color de su pétrea vocación, Durdles lleva una vida difusa y de aire gitano, cargando con su almuerzo en un pequeño hatillo y sentándose sobre toda clase de lápidas para comer. Este almuerzo de Durdles se ha convertido en toda una institución de Cloisterham: * no solo porque nunca se deja ver en público sin él, * sino porque, en ciertas ocasiones célebres, ha sido detenido junto con Durdles (por ebriedad e incapacidad) y exhibido ante el Tribunal de magistrados en el ayuntamiento. Tales ocasiones, sin embargo, han sido escasas y muy espaciadas: ya que Durdles se emborracha con tanta rareza como se mantiene sobrio. Por lo demás, es un viejo solterón y vive en una casucha antigua y diminuta que nunca llegó a terminarse, la cual se supone construida, hasta ese punto, con piedras robadas de la muralla de la ciudad. A esta morada hay un acceso, hundido hasta los tobillos en esquirlas de piedra, que semeja un bosquecillo petrificado de lápidas, urnas, draperías y columnas rotas, en todas las fases de