“O si el nombre procede de vuestro oficio. ¿Cómo es la verdad?”
El señor Jasper sopesa las tres llaves en su mano, levanta la cabeza de su actitud ociosamente inclinada sobre el fuego y le entrega las llaves a Durdles con un rostro ingenuo y amistoso.
Pero el de piedra es un tipo huraño también, y ese estado suyo, nebuloso, es siempre un estado incierto, muy consciente de su dignidad y propenso a ofenderse.
Vuelve a meter las dos llaves en el bolsillo una a una y se abrocha la chaqueta; toma su atado de la cena del respaldo de la silla donde lo había colgado al entrar; redistribuye el peso que lleva atando la tercera llave dentro de este, como si fuera un avestruz y le gustara almorzar hierro frío, y sale de la habitación sin dignarse a dar una sola palabra de respuesta.
El señor Sapsea propone entonces una partida de chaquete, la cual, amenizada con su edificante conversación y coronada por una cena de rosbif frío y ensalada, nos entretiene la dorada tarde hasta bastante tarde.
Como la sabiduría del señor Sapsea, al ser transmitida a los mortales, es más bien de índole difusa que epigramática, ni siquiera entonces se agota; pero su visitante le insinúa que volverá por más de tan preciado producto en futuras ocasiones, y el señor Sapsea lo despide por el momento, para que medite sobre el anticipo que se lleva.