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nydus/The Mystery of Edwin DroodPublic
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IV. El señor Sapsea

“O si el nombre procede de vuestro oficio. ¿Cómo es la verdad?”

El señor Jasper sopesa las tres llaves en su mano, levanta la cabeza de su actitud ociosamente inclinada sobre el fuego y le entrega las llaves a Durdles con un rostro ingenuo y amistoso.

Pero el de piedra es un tipo huraño también, y ese estado suyo, nebuloso, es siempre un estado incierto, muy consciente de su dignidad y propenso a ofenderse.

Vuelve a meter las dos llaves en el bolsillo una a una y se abrocha la chaqueta; toma su atado de la cena del respaldo de la silla donde lo había colgado al entrar; redistribuye el peso que lleva atando la tercera llave dentro de este, como si fuera un avestruz y le gustara almorzar hierro frío, y sale de la habitación sin dignarse a dar una sola palabra de respuesta.

El señor Sapsea propone entonces una partida de chaquete, la cual, amenizada con su edificante conversación y coronada por una cena de rosbif frío y ensalada, nos entretiene la dorada tarde hasta bastante tarde.

Como la sabiduría del señor Sapsea, al ser transmitida a los mortales, es más bien de índole difusa que epigramática, ni siquiera entonces se agota; pero su visitante le insinúa que volverá por más de tan preciado producto en futuras ocasiones, y el señor Sapsea lo despide por el momento, para que medite sobre el anticipo que se lleva.

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