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nydus/The Mystery of Edwin DroodPublic
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XI. A Picture and a Ring

preparado, y volvió a volar de regreso, y luego realizó otro vuelo para el asado y las aves, y volvió a volar de regreso, y entre tanto hizo vuelos suplementarios para una gran variedad de artículos, a medida que se descubría de vez en cuando que el camarero inmóvil los había olvidado todos. Pero por mucho que el camarero volador hendiera el aire, el camarero inmóvil siempre le reprochaba a su regreso que trajera niebla consigo y que estuviera sin aliento.

Al término del ágape, momento para el cual el camarero volador estaba exhausto por completo, el camarero impertérrito recogió el mantel bajo el brazo con aire magnánimo y, tras contemplar con severidad (por no decir con indignación) al camarero volador mientras colocaba las copas limpias alrededor, dirigió una mirada de despedida al señor Grewgious, que venía a decir:

«Que quede bien entendido entre nosotros que la recompensa es mía, y que nada es lo que reclama este esclavo»,

y empujó al camarero volador ante sí fuera de la habitación.

Era como una miniatura muy acabada que representara a Sus Señorías del Departamento de la Circumlocución, a la Comandancia en Jefe de cualquier clase, al Gobierno.

Era un cuadrito de lo más edificante como para ser colgado en el lugar de honor de la Galería Nacional.

Como la niebla había sido la causa próxima de este suntuoso banquete, así la niebla sirvió como su salsa general. Oír a los empleados de fuera, estornudando, resoplando y golpeando el suelo con los pies sobre la grava, era un estímulo muy superior al del doctor Kitchener.

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