muerte, si es que estaba muerto, eran temas tan recurrentes en el lugar que nadie parecía capaz de sospechar la posibilidad de un crimen por su parte. Se había hecho la pregunta: «¿Soy tan malvada en mis pensamientos como para concebir una maldad que los demás no pueden imaginar?». Luego se había planteado: ¿Provenía la sospecha de su anterior repulsión hacia él antes de los hechos? Y de ser así, ¿no era eso una prueba de su falta de fundamento? Entonces había reflexionado: «¿Qué motivo podría tener, según mi acusación?». Le daba vergüenza responderse en su fuero interno: «¡El motivo de ganarme a mí!», y se cubría el rostro, como si la más leve sombra de la idea de fundar un asesinato en una vanidad tan frívola fuera un crimen casi igual de grande.
Repasó una vez más en su mente todo lo que él le había dicho junto al reloj de sol en el jardín. Había insistido en tratar la desaparición como un asesinato, de manera coherente con toda su trayectoria pública desde el hallazgo del reloj y el alfiler de corbata. Si temiera que se descubriera el rastro del crimen, ¿no fomentaría más bien la idea de una desaparición voluntaria? Incluso había declarado que, si los lazos entre él y su sobrino hubiesen sido menos fuertes, podría haber apartado «incluso a él» de su lado. ¿Se parecía eso a haberlo hecho realmente? Había hablado de poner a sus pies sus seis meses de fatigas en pos de una justa venganza. ¿Habría hecho eso, con semejante violencia de pasión, si fueran una farsa? ¿Los habría alineado junto a su corazón y su alma desolados, su vida consumida, su paz y su desesperación?