Mr. Grewgious la contempló fijamente.
—La placa de la puerta sirve como protección —dijo la señora Billickin—, y actúa como tal, y no me apartaré de ella ni un ápice.
Mr. Grewgious miró fijamente a Rosa.
—No, Mr. Grewgious, usted ha de disculparme. Mientras esta cabe [1] sea conocida de manera indefinida como la de Billickin, y mientras sea una duda para la chusma dónde pueda estar escondido Billickin, cerca de la puerta de la calle o al fondo del patio inglés, y cuál pueda ser su peso y su tamaño, mientras tanto me siento a la puerta. Pero comprometerme con la declaración de una sola mujer, ¡no, señorita! [2] Ni querría usted por un momento —dijo la señora Billickin, con un fuerte sentimiento de agravio— sacar partido de su sexo, si no se viera abocado a ello por un ejemplo inconsiderado.
Rosa, enrojeciendo como si hubiera hecho el intento más vergonzoso de estafar a la buena señora, suplicó al señor Grewgious que se conformara con cualquier firma. Y así, de un modo señorial, la firma autógrafa de Billickin quedó añadida al documento.
Luego se fijaron los detalles para tomar posesión pasado mañana, cuando ya se podía esperar razonablemente a la señorita Twinkleton; y Rosa regresó a Furnival’s Inn del brazo de su tutor.
¡He aquí al señor Tartar paseándose de arriba abajo por Furnival’s Inn, deteniéndose en seco al verlos venir y avanzando hacia ellos!
“Se me ocurrió”, sugirió el Sr. Tartar, “que podríamos remontar el río, ya que el tiempo está tan delicioso y la marea es favorable. Tengo mi propia embarcación en las escaleras del Temple”.
—Hace muchos días que no subo por el río —dijo el señor Grewgious, tentado.