Twinkleton—, y ambas, al dar las lecciones, ofrecían el poco femenino espectáculo de llevar pequeños violines metidos bajo la barbilla. A pesar de lo cual, la menor habría podido, si estoy bien informado —correré el velo lo suficiente para decir que me consta que habría podido—, elevarse de por vida de esta mancha degradante, de no ser por poseer la clase de mente reservada a lo que yo llamo el rebaño común, y por carecer tan increíblemente de veneración que resultaba dolorosamente ridícula.
Cuando vendí todo lo de Kimber sin reserva, a Peartree (que es más pobre que las ratas) le adjudicaron varios lotes principales del hogar. No pienso dejarme cegar; y, por supuesto, tenía tan claro lo que iba a hacer con ellos como que era una especie de sujeto revolucionario, moreno y corpulento, que había estado en la India con los soldados y a quien (por el bien de la sociedad) deberían romperle el cuello. Vi los lotes poco después en la pensión de Kimber —a través de la ventana— y deduje fácilmente que había habido un pretexto mezquino de prestárselos hasta que vinieran tiempos mejores. A un hombre con menor conocimiento del mundo que el mío le habría dado por sospechar que Kimber les había retenido dinero a sus acreedores y comprado los bienes fraudulentamente. Pero, además de saber con certeza que no tenía dinero, sabía que esto habría implicado una clase de premeditación incompatible con la frivolidad de un bailarín que se gana la vida enseñando a bailar a los demás.
Como era la primera vez que veía a cualquiera de esos dos desde la venta, me mantuve en lo que llamo Suspensión. Al encautar sus bienes para venderlos, había pronunciado unas cuantas observaciones —¿diré una pequeña homilía?— acerca de Kimber, a las que el mundo concedió más atención de la habitual. Había subido a mi púlpito, según se decía, con un parecido extraordinario a... —y un murmullo de reconocimiento repitió su título