Pájaros en el arbusto
Rosa, que no tenía ningún pariente que conociera en el mundo, no había conocido, desde los siete años de edad, más hogar que la Casa de las Monjas, ni más madre que la señorita Twinkleton.
El recuerdo que guardaba de su propia madre era el de una criatura bonita y menuda como ella (no mucho mayor que ella, según le parecía), a quien habían llevado a casa en los brazos de su padre, ahogada. El fatídico accidente había ocurrido en una excursión de placer.
Cada pliegue y color del bonito vestido de verano, e incluso el largo cabello mojado, con pétalos dispersos de flores marchitas aún adheridos a él, mientras el joven cuerpo sin vida, en su triste, tristísima belleza, yacía sobre la cama, habían quedado grabados indeleblemente en la memoria de Rosa.
Lo mismo ocurría con la desatada desesperación y el posterior dolor abatido de su pobre y joven padre, que murió con el corazón destrozado en el primer aniversario de aquel duro día.
El compromiso matrimonial de Rosa surgió del consuelo que le brindó en su año de angustia mental su fiel amigo y antiguo compañero de colegio, Drood, quien a su vez había quedado viudo en su juventud. Pero él también transitó por el camino silencioso en el que convergen todas las peregrinaciones terrenales, unas más pronto y otras más tarde; y así la joven pareja había llegado a encontrarse en la situación en la que estaba.
El ambiente de compasión que rodeaba a la pequeña huérfana cuando llegó por primera vez a Cloisterham nunca se había disipado.