bajo y rechoncho, con un montón desproporcionado de equipaje en el techo —como un pequeño elefante con un castillo exageradamente grande—, que por entonces prestaba el servicio diario entre Cloisterham y la humanidad exterior. A medida que este vehículo se acercaba pesadamente, el señor Crisparkle apenas podía distinguir otra cosa en él que a un voluminoso pasajero externo sentado en el pescante, con los codos abiertos y las manos en las rodillas, reduciendo al cochero a un espacio sumamente incómodo y pequeño, y mirando torvamente a su alrededor con un rostro muy marcado.
—¿Es esto Cloisterham? —preguntó el pasajero con voz imponente.
“Lo es —respondió el cochero, frotándose como si le doliera todo tras arrojar las riendas al caballerizo—, y nunca me había alegrado tanto de verlo”.
—Dile a tu amo que haga más ancho su pescante, entonces —respondió el pasajero—. Tu amo está moralmente obligado —y debería estarlo legalmente, bajo penas ruinosas— a velar por la comodidad de su prójimo.