A Gritty State of Things Comes On
Las habitaciones del señor Tartar eran las más pulcras, las más limpias y las mejor ordenadas que se habían visto jamás bajo el sol, la luna y las estrellas.
Los suelos estaban tan fregados que se habría podido suponer que el tizne de Londres se había emancipado para siempre y se había marchado del país para no volver.
Cada pulgada de los artículos de bronce en posesión del señor Tartar estaba tan lustrada y bruñida que brillaba como un espejo de metal. Ni una mota, ni una mancha, ni una salpicadura ensuciaban la pureza de ninguno de los enseres domésticos del señor Tartar, ya fueran grandes, pequeños o medianos.
Su sala de estar era como el camarote de un almirante, su cuarto de baño era como una lechería, su dormitorio, equipado por todas partes con cajones y armarios empotrados, era como la tienda de un hortelano; y su litera perfectamente equilibrada se balanceaba apenas en el centro, como si respirara.
Todo lo perteneciente al señor Tartar tenía asignado su propio aposento: sus mapas y cartas náuticas tenían sus aposentos;