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nydus/The Mystery of Edwin DroodPublic
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XIII. Ambos en su apogeo

consideración: «Ahora es seguro que he de devolvérselo; entonces, ¿por qué habría de hablarle de él?». Esa hermosa naturaleza comprensiva que tanto podía condolerse por él ante el marchitamiento de sus infantiles esperanzas de felicidad en común, y que tan tranquilamente podía hallarse a sí misma sola en un mundo nuevo para tejer nuevas guirnaldas con las flores que este resultara dar, ya que las flores del viejo mundo se habían marchitado, se sentiría afligida por esas tristes joyas; ¿y con qué propósito? ¿Por qué habría de ser así? No eran más que un símbolo de alegrías rotas y proyectos sin fundamento; en su misma belleza eran (como el más improbable de los hombres había dicho) una sátira casi cruel de los amores, esperanzas y planes de la humanidad, que no son capaces de prever nada y son polvo tan quebradizo. Que se queden así. Él se los devolvería al tutor de ella cuando bajara; este, a su vez, los devolvería al joyero del que los había sacado a regañadientes; y allí, como cartas viejas u votos viejos, u otros registros de viejas aspiraciones reducidas a la nada, quedarían ignorados hasta que, por su valor, fueran vendidos y vueltos a poner en circulación, para repetir su antiguo ciclo.

Déjalos estar. Que yazcan sin ser mencionados, en su pecho. Por más clara o confusamente que abrigara estos pensamientos, llegó a la conclusión de: Déjalos estar.

Entre la inmensa reserva de maravillosas cadenas que se forjan sin cesar, día y noche, en las vastas herrerías del tiempo y las circunstancias, hubo una cadena forjada en el momento de aquella pequeña conclusión, remachada a los cimientos del cielo y de la tierra, y dotada de una fuerza invencible para sujetar y arrastrar.

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