El amanecer otra vez
Aunque el señor Crisparkle y John Jasper se encontraban a diario bajo el techo de la Catedral, jamás volvió a mediar palabra entre ellos en referencia a Edwin Drood desde aquella ocasión, hacía ya más de medio año, en la que Jasper le mostró en silencio al Canónigo Menor la conclusión y la resolución asentadas en su Diario.
No es probable que se encontrasen, a pesar de ser tan frecuente, sin que los pensamientos de ambos volvieran al asunto. No es probable que se encontrasen, a pesar de ser tan frecuente, sin que cada uno experimentara la sensación de que el otro constituía para él un secreto enigmático.
Jasper, en calidad de delator y perseguidor de Neville Landless, y el señor Crisparkle, como su fiel defensor y protector, debieron de encontrarse al menos en suficiente oposición como para especular con vivo interés sobre la firmeza y el próximo rumbo de los designios del otro. Pero ninguno de los dos sacó jamás el tema a relucir.
Como el engaño no estaba en la naturaleza del Menor Canónigo, sin duda demostró abiertamente que en cualquier momento habría reanudado el tema, e incluso deseaba discutirlo. Sin embargo, a la reticencia resuelta de Jasper no se le podía abordar de ese modo. Impasible, malhumorado, solitario, decidido, tan concentrado en una sola idea y en su propósito fijo concomitante, que no la compartía con ninguna otra criatura, vivía apartado de la vida humana. Ejercitando constantemente un Arte que lo ponía en armonía mecánica con los demás, y que no podría haberse llevado a cabo a menos