que dirigirse, o una especie de clavija humana donde colgar su sombrero oratorio, y cayó en la costumbre exasperante, común entre tales oradores, de encarnarlo como a un oponente malvado y débil. Así, solía preguntar: > «¿Y va usted, señor, a hacer el ridículo ahora diciéndome...» —y así sucesivamente, cuando el inocente hombre no había abierto los labios, ni tenía intención de
O bien decía:
«Pues mire, señor, a qué situación ha quedado reducido. No le dejaré escapatoria. ¡Después de agotar todos los recursos del fraude y la falsedad, durante años y años; después de exhibir una combinación de cobarde bajeza con audacia sangrienta, como el mundo pocas veces ha presenciado; tiene ahora la hipocresía de doblar la rodilla ante el más degradado de los hombres, y de suplicar, gimotear y aullar pidiendo clemencia!».